Las habilidades blandas, como la empatía, la escucha activa y la comunicación efectiva, suelen marcar la diferencia en momentos de tensión organizacional. En una ocasión reciente, un equipo comenzó a mostrar señales de desmotivación tras una orden mal comunicada…
El ambiente en la oficina no era el habitual…
Se notaba tensión, miradas incómodas, una ligera desmotivación que se contagiaba entre el equipo. La causa: una instrucción que rompía con las políticas generales de la empresa y que fue dada directamente por un familiar del dueño. La indicación beneficiaba a un colaborador en particular, sin que su jefe inmediato estuviera enterado ni de acuerdo.
Una orden que se salió del cauce
Todo comenzó una mañana cualquiera. Un familiar cercano a la dirección emitió una orden directa para modificar el trato hacia un colaborador. No fue con mala intención. Tal vez solo buscaba apoyar. Pero lo hizo sin tener el contexto completo y sin consultar al jefe responsable del área.
Este tipo de decisiones, aunque parezcan pequeñas, pueden tener efectos profundos cuando se dan fuera del cauce organizacional. La gente no solo se pregunta “¿por qué pasó?”, sino también “¿a quién le toca decidir?” y “¿por qué a unos sí y a otros no?”. Cuando las reglas parecen aplicarse de forma desigual, lo que se erosiona no es solo la estructura, sino la confianza del equipo en sus líderes, y lo anímico.
El resultado fue confusión en el equipo y molestia en el jefe inmediato. No solo por la decisión en sí, sino por el hecho de que se tomó por fuera de la estructura de mando, debilitando su liderazgo ante su equipo. Aun entendiendo la jerarquía y la relación personal del emisor, le costaba aceptar una instrucción que rompía con la equidad que él procuraba cuidar.

El dilema del gerente
El jefe de departamento acudió entonces al gerente . Y ahí comenzó otro reto: ¿cómo manejar la situación sin crear un conflicto con los altos mandos? ¿Cómo corregir una acción que no fue malintencionada, pero sí mal ejecutada?
El gerente entendió que no era momento de ejercer autoridad rígida, sino de intervenir con estrategia y sensibilidad. De lo contrario, el equipo quedaría en medio de una tensión innecesaria y el liderazgo formal perdería fuerza frente a decisiones informales. Es aquí cuando este tipo de situaciones requieren habilidades blandas bien desarrolladas.
Resolver sin romper
Con respeto y claridad, esperando un momento apto, donde pueda platicar de forma personal sin la escucha de alguien más; se acercó al familiar del dueño y le explicó las implicaciones de la orden. Le mostró cómo, aunque había surgido desde la empatía, la forma en que se aplicó afectaba el orden interno, la percepción de justicia y la autoridad del jefe directo.
Lo hizo sin confrontar ni señalar culpables. Simplemente expuso las consecuencias desde el ángulo organizacional, priorizando la salud del equipo por encima de cualquier impulso reactivo.
La conversación fue directa pero cordial. Se logró ajustar la medida, alinear nuevamente al equipo y restaurar el balance sin generar roces innecesarios.
El poder invisible de las habilidades blandas
¿Qué hizo posible resolverlo sin fracturas?
Claro está que una conversación manejada con habilidades blandas puede corregir el rumbo sin confrontaciones, y como menciona Cecilia Durán Mena en su Post en el Sitio Web Forbes “El motor del liderazgo arranca con la comunicación efectiva y funciona con el propósito”.
En este caso se logra notar la presencia de habilidades blandas bien desarrolladas; como lo son:
1.- La escucha activa,
2.- La empatía,
3.-La capacidad de influir sin imponer, y
4.- El tacto para abordar situaciones complejas con respeto y equilibrio.
Estas competencias, muchas veces invisibles pero profundamente efectivas, permiten dialogar con superiores sin desafiar, corregir sin confrontar, y cuidar el orden sin dañar relaciones.
En entornos donde las jerarquías se cruzan con relaciones personales, estas habilidades no son un lujo, son una necesidad.
En entornos laborales donde las decisiones pueden cruzarse con relaciones personales o jerárquicas informales, es indispensable contar con líderes que dominen las habilidades blandas. No se trata solo de evitar conflictos, sino de crear condiciones para el entendimiento, la equidad y la cohesión.
Cuando una organización promueve el desarrollo de habilidades blandas en su equipo directivo, está invirtiendo en una cultura más madura, donde las conversaciones difíciles no se evitan, sino que se abordan con respeto, empatía y estrategia.
Porque al final, no siempre se necesita una política nueva; a veces, solo se necesita una conversación bien llevada… y las habilidades blandas correctas para sostenerla.
Porque no basta con conocer las políticas; en el mundo real, lo que marca la diferencia es la capacidad de aplicarlas con inteligencia emocional y madurez profesional.
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